Museo de Arte Contemporaneo MARCO La Boca
AEROCLUB por Florencia Qualina
1. Eureka
El cielo está despejado, es pleno invierno y el sol alumbra como aburrido. Sobre una porción de superficie cuantificable, rectangular, de cierta zona semirural de la llanura pampeana transcurre un partido de futbol infantil. En los márgenes de la cancha dos padres observan con atención intermitente el desarrollo del juego. MC y JD conversan sin mirarse, siguen el recorrido de la pelota que va de un lado al otro, se empantana en el medio, sale por un costado y la traen de vuelta. La caprichosa esfera se resiste a entrar en alguno de los arcos.
Sobre sus cabezas hay una ruta aérea. MC con una mano se arma una visera y con la otra indica: ese que ves ahí es un avión de carga, al rato advierte que pasa otro de pasajeros, ese va a Ezeiza... MC está atribulado, no sabe que hacer de su vida... más que conversar se habla a sí mismo en voz alta, lanza sus intenciones al éter, se arrepiente. Dice que debería intentar conseguir un puesto de piloto en tal flotilla low-cost o en tal otra, mientras se enreda enumerándo las dificultades del caso. Confiesa estar todavía herido porque lo rechazaron en la aerolínea de bandera. Juan Dolhare escucha el monologo mientras observa las estelas de los aviones. Con un golpe súbito llega una revelación para él: durante los últimos 20 años estuvo pintando aviones enteros o en fragmentos, alas, hélices, fuselajes, helicópteros fraccionados. Y se lo dice: “¿sabes qué? no lo había pensado nunca... no sabes la cantidad de aviones que yo pinté”. Saca el celular del bolsillo y empieza a desplazarse entre archivos de fotos para dar fe de lo antedicho. Mientras su dedo se mueve por la pantalla, llega el nuevo título de la muestra, Aeroclub.
Aeroclub III 200 x 300 cm / 59 x 118 inches
2. Una imagen de Magritte.
La misma llanura que en la escena anterior pero en dirección noroeste.
Década del 80'.
Juan tiene 7, 8, 9 años, pasa las vacaciones de verano e invierno en el campo familiar en Pergamino. De aquella época tiene dos recuerdos. Uno, las bolsas de café La Virginia y las tazas humeantes en la cocina. El segundo, afuera de la casa: sobre la línea del horizonte veía caer hombrecitos desde el aire. A un par de kilómetros nomás había un aerodromo, entonces era casi tan frecuente ver volar tantos paracaidistas como colibríes.
Fronton 200 x 300 cm / 59 x 118 inches
3. Un círculo de piedras encierra un tronco y sobre él, una calavera.
Campo en Pergamino.
La misma casa y una advertencia: en realidad no son dos los recuerdos que Juan guarda sino tres – deben ser varios más, pero para el pacto que nos concierne es inventario suficiente – . El tercer recuerdo entonces es la imagen de una calavera en el escritorio de un abuelo. Él era un médico alemán llegado a Buenos Aires después de la Primera Guerra Mundial y habría venido acompañado de su propio memento mori; el cráneo de interior violáceo que propagaba en igual medida, rumores y desgracias, habría sido amigo y luego, ya convertido en mineral, íntima crátera para la poción de Baco en manos del abuelo.
Museo de Arte Contemporaneo MARCO La Boca
4. Otro rayo cae con forma de Paloma
Entrevista.
Julio de 2025
“Uso con mucha frecuencia la repetición como una manera de componer. Cuando dentro de los elementos que pinto o dibujo, encuentro un objeto que me llega, me interesa y me gusta, necesito pintarlo de nuevo. Y además pinto mis obras como si fuesen escenas que transcurren en diversos momentos, o distintas secuencias con los mismos personajes. Y los personajes son los objetos que voy pintando; lo curioso es que durante los últimos diez años había dejado de pintar figura humana. Las dos mujeres que aparecen en estas pinturas nuevas son las dos primeras figuras humanas que pinto en literalmente quince años. Ya había pintado esas mismas figuras. Eran dos mujeres NN para mí, simplemente dos figuras femeninas, y de repente comprendí que esas dos mujeres no son desconocidas, en realidad son mi madre y mi abuela. Así que las traje de nuevo y las emplacé en una de las obras que van a estar en la muestra. Es una dimensión intuitiva, no hay una explicación lógica. Es más, también va a haber tres palomas. Entre paréntesis o no tanto, mi abuela se llamaba Paloma, curiosamente o no tanto, pinté un montón de palomas en los últimos veinte años.
Y están los árboles. Siempre hay un árbol específico que se repite, no sé de dónde sale porque cuando quiero e intento cambiarlo por otro no me convence. Y vuelvo a ese mismo árbol que pinté doscientas mil veces.”
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